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domingo, 29 de diciembre de 2013

Mercurita la aprendiz de hada: Introducción



En este blog podrás leer mi obra "Mercurita la aprendiz de hada". Si prefieres leerla en papel o descargarla en libro electrónico, ve a la sección de librería.

En el blog principal podrás conocer más cosas sobre el hada Mercurita. Esta obra no puede ser reproducida sin el permiso específico del autor.

En este blog estoy poniendo gráficos, sacados en su mayor parte, del juego "Los Sims 2", y según la dificultad para editarlos, los coloco cuando puedo. También está el inconveniente de que no puedo poner tantos personajes como quisiera, pues el juego tiene sus limitaciones, y pueden llegar a parecerse demasiado.

Al estar prohibido el uso de dichas imágenes para usos comerciales no pueden estar expuestas en la versión de libros en papel o descarga, por lo que, obviamente, las pongo solo en el blog, que es donde tengo la versión gratuita de mi obra.   

Saludos a todos, y gracias por vuestra visita. 


viernes, 6 de diciembre de 2013

Glosario

                                 Mapa de Tierra Yrena


Mapa de Tierra Yrena. Es ahí, donde tienen lugar los acontecimientos de la historia. Haz click en la imagen para verlo aumentado de tamaño.

                                             GLOSARIO

Las brujas de Wamian: Son muchas las leyendas y mentiras que se cuentan acerca de éstas temidas brujas. La historia comienza en el año 2.104. Wamian era profesora de una escuela de hadas de Lamokia. Ese era su último año laboral. Entre sus alumnas estaba una joven princesa, Denka. Al final del curso, le hicieron una sonora fiesta de despedida. La emocionada profesora vivía en Martana y propuso a sus alumnas que la acompañaran a su tierra, ya que tenía una edad muy avanzada, y los caminos eran inseguros. Muchas, aceptaron entusiasmadas, en lo que parecía que iba a ser, una feliz convivencia.

   Así que, en vez de llevarla en una barca voladora, hicieron una larga caminata para disfrutar de la amistad. El grupo, que inicialmente estaba compuesto por unas 80 alumnas y 22 alumnos, al cabo de una semana quedó reducido a 54 y 12, ya que los restantes, se fueron a sus casas. La mayoría de las que seguían acompañando a la vieja profesora eran alumnos conflictivos y pésimos estudiantes, que preferían disfrutar del verano por su cuenta, a quedarse en sus casas con sus familias. Por el camino hicieron amigos. El grupo aumentó hasta 75 y 33. La princesa Denka seguía con ellos. Pero su padre, el rey, debió adivinar lo que pronto sucedería, y mandó a diez caballeros a buscarla. La obligaron a regresar, pese a sus protestas y la oposición de la mayoría de sus compañeros. Fue Wamian la que la convenció para que regresara. Como estaban en el norte y hacía frío, pese a ser verano, muchos simpatizantes propusieron que dieran un rodeo hacia el caluroso sur. Hasta ese momento, eran vistos con simpatía y cariño por la gente que se cruzaba con ellos.

   Pero al llegar al norte de la calurosa Neuria, empezaron los problemas. Unos, culparon al calor, y otros, a la mala influencia de los simpatizantes, de lo que vino después. Los disciplinados hados y hadas, que hasta entonces se alimentaban de lo que les daba la naturaleza y dormían en el suelo, comenzaron a consumir bebidas alcohólicas y a portarse, licenciosamente. Pronto se hizo habitual a los incómodos vecinos, presenciar las orgías del grupo, que entonaban a toda voz, canciones obscenas, y no pocas veces bailaban ligeros de ropa o sin ésta, alrededor del fuego. Ya llevaban un mes y medio, fuera de la escuela de hadas. Wamian había tenido tiempo de sobra, de llegar a su casa. Pero ella, tampoco fue ajena al clima de indisciplina que reinaba. Parecía que los largos años que pasó a disposición del riguroso colegio, le habían creado un fuerte resentimiento. Se convirtieron en bandidos y vivieron del robo, engaño y prostitución. El grupo se dividió en tres partes. El principal, se quedó en Neuria. Otro fue a Darania, y el restante, a Varana. Los hastiados vecinos, los expulsaban con frecuencia, de sus tierras. Ya tenían una bien ganada mala reputación, dos meses más tarde.

   A sus delitos se sumó la mala suerte. Una epidemia se desató en Darania, y murieron muchos animales de granja. No tardó la gente, en culparles de sus desgracias. Les acusaban de ser brujos, y de haber hecho eso, en venganza por haber sido expulsados. Wamian ya no quería regresar a su casa. Se había acostumbrado a vivir, dando órdenes, como si fuera la jefa de una banda de ladrones. A finales de octubre, su grupo de Neuria contaba con al menos, 274 seguidores. En su mayoría, eran mendigos, aventureros y desesperados. Por fortuna para ella, las autoridades no se decidían a tomar medidas por temor a un incidente diplomático con el reino de Lamokia. Un día, se precipitaron los acontecimientos. Hubo tres muertos, ya que en una de sus frecuentes represalias, el grupo de Neuria quemó una casa, sin tener en cuenta que había tres hombres dentro, que habían celebrado el cumpleaños de uno de ellos, y estaban borrachos como cubas, durmiendo la mona, tirados en el suelo. No se enteraron de la presencia de los intrusos en el exterior, pese al ruido que armaron para no quemar a nadie por error. Al ver que los moradores no salían, pensaron que no había nadie, y prendieron fuego a la casa.

   Más tarde, los vecinos, llenos de horror, encontrarían los cadáveres calcinados y abundantes botellas de alcohol. Un muchacho sorprendió a su padre, en compañía de una de las brujas en el pajar, y se puso a insultarlos. La enfadada mujer sacó un puñal, y lo hirió. Lo habría matado, si no fuera porque el padre, la sujetó del brazo. Otros miembros del grupo, llenos de rencor, por haber sido expulsados de una casa deshabitada, prendieron fuego a un granero, al saber que su propietario fue el que llamó a los guardias de la ciudad para que los echaran. En Darania, pese a no depender directamente de Wamian; la banda, tras coger una gran borrachera, robó un carro y varios caballos. Sus jinetes se pasearon, desnudos, a todo galope por el campo, a la vista de los vecinos. Luego, soltaron a los caballos, y quemaron el vehículo. Las quejas eran abundantes. Pero fue la muerte de los tres amigos, la gota que colmó el vaso de la paciencia de las autoridades.

   Necesitaron reclutar a tres compañías de brujos mercenarios, y un ejército de 400 soldados para combatirlos. Pero sorprendentemente, fueron reducidos con facilidad. El abundante consumo de alcohol hizo grandes estragos entre ellos. Con frecuencia, se encontraban borrachos cuando se topaban con sus perseguidores. El grupo fue desarticulado. Sus miembros, acusados de brujería, robo, estafa y sectarismo, entre otras cosas. Las penas fueron diversas, pero las más duras cayeron para los estudiantes de la magia. Solo quedaban 32 brujas y 3 brujos, del grupo inicial. Los demás, estaban en paradero desconocido o regresaron a sus casas cuando tomaron conciencia de que la situación se les estaba escapando de las manos. Los 35 fueron condenados a muerte, incluyendo a Wamian.

   La princesa Denka negoció en secreto para la liberación de sus compañeros. Pero por más que lo intentó, solo pudo lograr la libertad para ocho brujas, sobornando en secreto, al corrupto rey de Darania. El barón de Neuria se mostró, totalmente, insobornable; lo mismo que el conde de Varana. Ambos, argumentaron que no podían hacer otra cosa, que ejecutar a los condenados. Sus delitos eran muchos y los supersticiosos ciudadanos no admitirían el perdón de tan dañinos delincuentes, cuyas ejecuciones esperaban con impaciencia. Cinco meses había durado la aventura, que tan mal recuerdo dejó en Neuria y Varana, y en menor grado, en las oscuras ciudades y villas de Darania, cuyos habitantes eran menos supersticiosos que en las dos regiones anteriores. Denka quedó, profundamente impresionada, al ver llegar a las ocho brujas, llenas de heridas, causadas por la tortura. Sobre todo, le horrorizó ver a su vieja amiga “Saira”, con los labios hinchados y la mirada perdida. Esta, moriría a los pocos meses, a causa de una enfermedad contraída en la prisión, durante el breve periodo que estuvo en la cárcel de Darania. Las demás, fueron acogidas en su residencia de verano de Fasat. Denka se hizo cargo, en secreto, de su manutención.

   Cuando accedió al trono, creó una organización llamada “Las brujas de Wamian” en recuerdo de su vieja profesora. A sus miembros, las hizo pintarse con sombra de ojos, de color negro, y los labios de violeta oscuro en recuerdo al aspecto que tenía la infeliz Saira, al morir. Esas brujas son alumnas conflictivas con capacidades mágicas, escogidas en secreto por sus delegados de confianza. Trabajan para la reina, y son las que le hacen sus trabajos sucios. Las brujas llevan un vestido marrón, con filos y adornos de color crudo, debido a la asociación de esos colores con la miseria. Es una simbólica forma de resaltar que siembran la ruina, por donde quiera que pasen. Las aspirantes llevan el vestido, solo de color marrón, sin los adornos en crudo.

   El medallón del cráneo de ojos rojos con los cuernos que llevan, está inspirado en un dibujo que hacía uno de los miembros del grupo inicial, que pintaba muy bien en las casas abandonadas y en los sitios que podía hacerlo. De las ocho brujas, solo quedan tres, muy ancianas. Cada 17 de noviembre se reúnen todas y celebran junto con los miembros del grupo, el aniversario de la llegada a palacio de las brujas liberadas. Denka también participa, cada vez que puede. Todas danzan alrededor de una hoguera, y saltan por encima de las llamas. Pero la reina y sus tres compañeras, al tener demasiada edad, lo hacen encima de un leño encendido. Luego, las abrazan y son felicitadas. Ese día, también se celebra la ceremonia de admisión de las nuevas brujas. Ellas son las únicas fuera de la corte, que pueden hablar en confianza con la reina. Incluso les está permitido no compartir las mismas ideas que ésta, para conservar el espíritu liberal que existía en el grupo. Eso no evita que si Denka llegara a pedirles el cumplimiento de una misión, deberán hacerla, tanto si quieren, como si no. También contrata a magos mercenarios y dragones para que las ayudan en las tareas difíciles. La residencia de verano de Fasat “Los Cinco Anillos” ha dejado de serlo para convertirse en un cuartel y residencia para las brujas y sus auxiliares.

El imperio del norte: Es una sombra de lo que fue. A la muerte, en el 2.103 de su emperador, Otrak III, los gobernadores se sublevaron e independizaron del poder central, en Neiran. Algunos, llegaron a luchar entre ellos o a proclamarse reyes de alguna región. Orian, Martana, Enebran, las Islas de los Piratas Neuria y Lamokia, formaban parte de ese imperio. Al caos formado por los militares rebeldes, hay que sumar los hijos ilegítimos de Otrak III, que se unen al bando que les conviene para recuperar el trono. A pesar de todo, en Neiran no renuncian a recuperar el esplendor perdido. Su emperador, Otrak IV, no es muy optimista al respecto, pero no por ello, deja de intentarlo.

Los elegidos: Cuando el ejército del imperio que gobernaba en Orian se sublevó; su líder que era un administrador de armas y vituallas del ejército no era noble ni de sangre imperial. Fue aconsejado por sus fieles de que no usara el título de “rey” como pretendía hacerlo, ya que le ocasionaría problemas con algunos de sus aliados. Por ello, escogió el título de “elegido”. Tras fallecer, sus sucesores hicieron lo mismo, tanto si eran nobles, como si no. Desde entonces, en muchas regiones de Tierra Yrena, sobre todo en territorio imperial, llamar a una persona “elegido” es como llamarle “don Nadie”.

Lamokia: Esta región es la más pacífica, de las que constituían el Imperio del Norte. Su reina ha firmado un tratado de neutralidad con ellos, pero no se fía, ya que Lamokia es muy próspera, gracias a la agricultura y al comercio, lo que ocasiona problemas con los mercaderes del Imperio. Entre sus ejércitos, destacan las hadas y hados, a los que promocionan para defenderse de futuras agresiones. No sucede lo mismo con el Imperio, que subestima las capacidades guerreras de sus hadas y hados, a los que destinan a poco más, que funciones de enfermeros y espías.

Neuria: Esta modesta región del sur tiene el gran inconveniente de su proximidad con la región de Palinea en la que habitan las tribus loitinas, que de vez en cuando, saquean las regiones fronterizas. Por suerte, dichos asaltos suelen ser breves, ya que si se alejan demasiado, sus enemigos pueden apoderarse de sus tierras. El gobernante de Neuria no siempre tiene dinero ni tropas suficientes para poner orden. El nombre de ésta región puede llegar a confundirse con “Neiran”, del norte. Eso se debe a que durante un corto tiempo, el emperador ocupó ese territorio perteneciente a Varana, y lo bautizó como “Nueva Neiran” o “Newrian”. De hecho, pretendió hacer ahí, su segunda capital imperial. Al perderla, conservó su nombre; pero sus pobladores cambiaron “Newrian” por “Neuria”. La capital de Neuria se llama también “Neuria” como la región.

Varana: Es una región próspera pero rodeada de peligros. De vez en cuando, tienen que soportar también a los loitinos, a los que rechazan con contundencia cuando llegan a tiempo. Por ello, semejantes bárbaros prefieren atacar Neuria. El conde de Varana ayuda siempre que puede a sus vecinos. La región inexplorada de Antea también inquieta al conde. Al principio, creyeron que la habitaban en su totalidad, los loitinos. Pero los prisioneros dicen que no es así. Un largo y desértico camino separa a Varana de Antea. Tras el cual, hay un espeso y oscuro bosque, que despierta toda clase de recelos. Algo parecido pasa con Mabranta, al este. Ambas regiones son temidas por los loitinos y los exploradores.

Región inexplorada de Antea: Se sabe muy poco de esa región, y no es muy alentador que digamos. La habitan unos seres altos, de estatura media de 1,90 metros. Tienen la piel grisácea. Años antes, eran llamados “demonios”. Algunos de esos misteriosos seres se relacionan con los habitantes y comercian con ellos. Pero son muy herméticos cuando les preguntan por sus tierras o costumbres. A ellos, les divierte que los confundan con demonios pero cada vez está más claro que no lo son. Al parecer, viven en las numerosas cuevas de su región. También aceptan luchar como mercenarios al servicio de las regiones civilizadas. También tienen guerras con sus tribus vecinas. Pero a pesar de todo, no existen noticias de que alguna vez hayan usado las armas para invadir otras regiones ajenas a su cultura.

Darania: Es una región muy conflictiva. Sus habitantes están encantados de servir como mercenarios en las guerras, pero curiosamente, son muy reacios a servir como soldados defendiendo su propia región. A ellos les gusta viajar, ganar dinero y vivir como les da la gana sin tener que dar cuenta de lo que hacen, a nadie. En cuestiones de guerras, les gusta luchar en campañas que no duren más de dos años. Por ello, aborrecen el servicio militar obligatorio y mal pagado al que les quiere someter su rey.
Darania fue el escenario de numerosas batallas, ya que es un lugar preferente para reclutar mercenarios y comprar armas. Eso inquieta al conde de Varana, que no pierde de vista la región por miedo a que la lucha se extienda a sus dominios. La propia Darania está cerca de las antiguas tierras del Imperio del Norte, por lo que no sería de extrañar que algún día, con la excusa de recuperar el antiguo esplendor, el emperador se apodere de la región. Tal vez por eso, el rey intenta llevarse bien con el imperio. Además de mercenarios, Darania fabrica armas y armaduras de todo tipo, que distribuyen a todas las regiones. No es de extrañar que dos bandos enfrentados usen el mismo tipo de cascos o armaduras. Probablemente, los hayan comprado a los mismos fabricantes en distintas regiones. En Neiran también fabrican armas y se dice que son de mejor calidad que las daranias. El emperador tiene prohibido a sus comerciantes, venderlas fuera de su imperio. Pero siempre hay quien las compra de contrabando. Otra cosa que inquieta a los daranios son los clérigos.

Los clérigos: Excepto en Darania y Martana, su influencia no es significativa. Ellos están en contra de muchas costumbres de Tierra Yrena, y piden con frecuencia a los gobernantes, que proclamen una “guerra santa”. Ellos son partidarios de unir a Tierra Yrena en una sola región fuerte, cuyos habitantes solo tengan acceso a una religión. Evidentemente, están en contra de la existencia de las hadas y hados, aunque no tanto de los brujos mercenarios, siempre y cuando, se limiten a ejercer acciones militares, y no se dediquen a promocionar creencias extrañas. Los clérigos también son sospechosos de apoyar a sectas extrañas, como los Dragones Rojos. No pocos, sospechan que tal organización, es el brazo armado de los fanáticos sacerdotes de Yrena, cuya religión alteraron en su propio provecho; razón por la cual, los habitantes dejaron de creer en ella, y se mostraron más interesados en el “Dios Unico”, en el que creían los mercenarios anteos, quienes sin pretenderlo, promocionaron su religión en las regiones donde fueron contratados.

Las Islas Revueltas:
Las habitan los dragones negros. Estos animales se distinguen de sus parientes, los dragones de bronce, en que son algo más pequeños. Sirven a los ejércitos del Imperio y sus regiones rebeldes. Hay mucha rivalidad entre los dragones de bronce y los negros. Los de bronce habitan en las calurosas montañas de Mabranta. De la alimentación de los dragones de guerra se encarga el imperio del norte, que tratan con mucho mimo a los dragones veteranos que hayan luchado con ellos. Los dragones negros no suelen aceptar eso. Con participar en un par de batallas, ya tienen suficiente. Luego, se van a las islas y se buscan la vida. Hubo un tiempo en que los humanos y los dragones se llevaban bien. Eso cambió para peor, y desde entonces, ya no habitan personas allí.

Orian: Esa región es llamada “La tierra de los espíritus”, debido a la gran cantidad de batallas que se libraron allí. Las ciudades de Orian están en su mayoría, poco habitadas. Tal y como dice la gente, es una región maldita con frecuentes apariciones fantasmales. Su terreno ha sido cubierto de sangre, miles de veces. Sus desdichados pobladores, con frecuencia tienen que soportar los abusos de los bandos enfrentados pese a que no quieren tener problemas con nadie. Pero su situación estratégica hace que sus llanuras y oscuros bosques sean los escenarios de las disputas entre los ejércitos de los bandos del norte.

Las islas de los piratas: Como su nombre indica, éstos ex súbditos del emperador se dedican a la piratería. Son libres, excepto cuando algún señor de la guerra los contrata para ayudarle en sus fines. Tienen que soportar las incómodas visitas de los dragones procedentes de las islas cercanas.

Las tribus loitinas: En el sur y oeste de Tierra Yrena hay muchas tribus, que de vez en cuando, atacan las ciudades fronterizas de las regiones civilizadas en busca de botín. Hay tarios, dembros, nubaros, loitinos, etc. Pero para abreviar se les llama “loitinos” en general, quizás porque fueron los primeros en llegar o porque son los que peor recuerdo dejaron.

Tierra Yrena: Es el nombre de la tierra donde suceden los acontecimientos. Es llamada así, en memoria de la antigua diosa, madre de la vida y protectora de sus creyentes. Por culpa de las sectas y fanáticos, su religión está en desuso en la mayoría de las ciudades. Pero queda el buen recuerdo de la diosa, a la que veneraron
en pinturas y estatuas de gran belleza.

Hechizos y embrujos: No se pueden lanzar tan a la ligera. Todos cuestan energía mágica a las hadas y magos. Digamos, que un hada novata quiere ahorrarse el pintado de una habitación, y lanza un hechizo para eso; bueno, pues al cabo de unos segundos, estará casi tan cansada, como si hubiera realizado dicho trabajo. Y si quiere pintar un edificio entero, no podrá hacerlo, porque es superior a sus fuerzas. Solo a base de experiencia y práctica, se consigue ser un hada veterana y lanzar los hechizos con el menor coste mágico posible. También puede ponerse de acuerdo con otra hada, para ahorrar energía mágica.

Duelos mágicos:
Cuando dos magos se enfrentan, al perdedor, se le cae la vara al suelo por falta de energía mágica o agotamiento moral. El ganador recupera parte de su energía y puede optar por quedarse con la vara de su rival e imponerle condiciones para dejarlo marchar.
La magia y las riquezas: Un hada puede hacer dinero, siempre y cuando, lo haga para ayudar a los demás. En algunas ocasiones puede hacerlo para consumo propio, solo si se ve obligada a ello. Pero si ama las riquezas, perderá sus poderes con rapidez. Cada día será más torpe y notará que le cuesta mucho trabajo lanzar hechizos sencillos. Un brujo, ni siquiera puede soñar con hacer dinero con la magia. Para no perder sus poderes, deberá aceptar con resignación ese inconveniente. En eso están mejor preparados que las hadas. Estas, cuando sienten el amor por el dinero, no tienen tanta disciplina moral como los brujos o brujas.

Los dragones: Los hay de color negro y de bronce. Los primeros son más pequeños que los otros. Pese a ser impresionantes, son bestias torpes que se asustan con el fuego y las tormentas. Son también reacios a las multitudes de personas. Pero eso no evita, algún que otro disgusto.
En cambio, un dragón de guerra bien entrenado, no solo no tiene los temores que sus primos los dragones salvajes, sino que incluso son capaces de hablar, si se les ha eneñado, previamente.
Una tremenda desgracia sería que un dragón entrenado, decidiera rebelarse y se escapara. Más de uno ha hecho eso, y se ha portado como un auténtico chantajista, exigiendo fuertes cantidades de comida, a cambio de no atacar la ciudad que tiene dominada. Cuidado con intentar envenenarlos. Ellos tienen buen olfato y podrían darse cuenta. Los dragones buenos, en cambio, son todo honor y muy serviciales. Curiosamente, los dragones negros son más inclinados a hacer el mal, que los de bronce. Quizás, porque éstos últimos son más queridos para ir a la guerra y les enseñan a sus hijos la disciplina militar y el honor que aprendieron de los humanos. Todos los ejércitos intentan contar con dragones en sus filas. Pero es el Imperio del Norte, el que tiene buenos entrenadores y saben de mejores tácticas de lucha con ellos. En los viejos tiempos, el Imperio disponía de excelentes veterinarios, que les curaban las heridas en combate. Un dragón que hubiera participado en alguna campaña, era bien recibido y se podía alojar en las
residencias de los dragones heridos y veteranos. Con la decadencia imperial, eso se acabó

Palos, bastones y varitas mágicas: Sirven para dirigir la magia de las hadas y brujos. Estos pueden dirigirla con sus dedos; pero no es aconsejable, por las molestias y calambres ocasionados, además del malgasto de energía. La excepción es la varita de viajero, que es un trozo de rama cargada de energía, y puede ser usada, brevemente, por una persona con desconocimiento de la magia. Los magos, hadas y brujas: Tanto las hadas y hados, como brujos y brujas; son magos. Pero las hadas usan la magia habitualmente para ayudar a los demás, y las brujas en su propio provecho.






Capítulos 10, 11, 12

                                                  Capítulo 10: Mercurita la traviesa




Mercurita planeando una travesura


De todo lo sucedido, informó Mercurita en sus cartas a Florenia. Esta decía haberse reído mucho cuando le contaba alguna travesura. Le dijo que en su escuela, no los castigaban los sábados por la mañana, sino los vienes por la tarde, pero a hacer tarea, no a hacer trabajos en la escuela. Le informó que estaba haciendo prácticas en un pueblo y le preguntó si se le ocurría alguna cosita o truco mágico para las cercanas fiestas que se iban a celebrar en el lugar donde estaba.
La pequeña hada se puso a pensar ¿Y si hiciera para Florenia unos petardos con algún toque personal? De camino, podría venderlos ella en las fiestas de fin de curso, que coincidían con las del verano.
Mercurita usaba el desván del colegio para sus experimentos. Estaba lleno de trastos de todo tipo y de viejas glorias polvorientas que en su momento llamaron la atención en la escuela. Dicho desván tenía puesto un viejo candado. Pero alguna niña mañosa o tal vez el deterioro por los elementos de la naturaleza, lo convirtieron en un feo objeto de adorno, que ya no cumple con sus funciones de cerrar la puerta. Las alumnas que lo saben, entran para curiosear o jugar al escondite. Para Mercurita es su laboratorio particular.
Llega la hora del recreo y se dirige a los lavabos. Por el camino ve a Herdo, sentado en el suelo, comiéndose un bocadillo. En el interior de los servicios está su sucia escoba. Ahí la ha dejado, tal vez olvidada, o para continuar la limpieza más tarde.
A Mercurita se le ocurre una travesura. Acaba de ver en una papelera, una cartulina de colores. La coge, hace con ella un cucurucho y se lo pone en la cabeza. Luego, se monta en la escoba y con sus poderes mágicos la hace volar.
La hadita vuela por encima del patio, provocando las risas de las niñas que la ven.
—¡Eh, mirad. Me he vuelto una brujita! Dijo la traviesa hada en tono burlón.
A las alumnas mayores también les hace gracia. Algunas, le lanzan pequeños objetos, que Mercurita esquiva graciosamente.
Entonces, oye unos gritos. Al mirar hacia abajo, descubre que a Herdo no le ha gustado su broma y exige que le devuelva la escoba, inmediatamente.
No queriendo prolongar más tiempo la travesura, el hada aterriza. Pero por desgracia, lo hace con cierta brusquedad, y la vieja escoba se rompe. Herdo se pone a gritar como un energúmeno. Luego coge el palo roto y se pone a perseguir al hada. Las alumnas mayores no se pueden creer que tenga intención de agredir a Mercurita. Esta, por si acaso, corre con toda la fuerza que le dan sus pies.


Herdo quiere agredir a la traviesa hada


Las alumnas no están de acuerdo con la actitud del portero, y lo abuchean. Algunas, le lanzan objetos. Este, ya en silencio, sigue persiguiendo al hada. Titania va detrás para separarlos. Pero es Fando, el que les da el encuentro, y con muy mala cara le hace frente. Herdo se detiene.
El administrador le habla con severidad.
—Deje usted de perseguir a ésta niña, y tire el palo, o se las tendrá que ver conmigo.
—Pero ¿No la ha visto? Me ha roto la escoba.
—De esa escoba quería yo hablarle, hace tiempo. Está muy vieja y sucia. Además, olía mal. Al rompérsela le ha hecho un favor. Mañana, vaya a mi despacho, y le entregaré el dinero para que se compre otra.


Fando contiene al portero, y castiga a la hadita


Luego, dirigiéndose a Mercurita, le dice:
—Ve a bañarte, ahora mismo. Esa escoba estaba muy sucia, y puedes coger una enfermedad. Este sábado te quedas castigada por hacer travesuras. Te vas a llevar toda la mañana sacándole brillo a las baldosas de la vieja biblioteca, que están muy sucias.
Mercurita, avergonzada, le da las gracias por su intervención. Siguiendo con su idea, continúa experimentando en el desván. Tras varios intentos, combinando y desechando cosas, parece que por fin ha encontrado lo que buscaba. El problema es, ponerlo en práctica. O sea, explotar los petardos para ver si han salido como quería. Los ha bautizado con el nombre de “kanguritos”, ya que en teoría, deberían explotar, luego botar y explotar, otra vez. También debería verse un impresionante fogonazo blanco. Se le ocurre que el sábado por la tarde, tras cumplir el castigo, podría ser el momento ideal para probarlos. Apenas hay gente en la escuela, por lo que piensa, que no causarán muchas molestias.
Desde una ventana de las habitaciones, lanza el primer kangurito. La reacción es la esperada. Ha botado y explotado dos veces, con fuerte explosión y destello blanco.
Luego, lanza un segundo, pero con más fuerza. Este no llega a botar, pero la explosión es más ruidosa, y el destello, más impresionante.
“¡Funciona!” Piensa, llena de entusiasmo. De inmediato, lanza otro, al que le siguen varios más.
Lo que ella no sabe, es que la escuela no está tan vacía como piensa. Fando se vio obligado a aplazar hasta ese momento, un examen de matemáticas que tenía con las alumnas mayores. Al escuchar las explosiones en medio de la prueba, le entra un fuerte berrinche, y dice en voz alta:
—¡Otra vez, esa inquieta niña del demonio! ¿Es que siempre está haciendo travesuras?
La experiencia le dice que ha sido Mercurita, ya que el “bombardeo” procede de la parte donde están las alumnas menores, y en ese lugar, solo ella es capaz de una cosa así.
Las explosiones continúan sin que nadie las pare. Eso, enfurece también a las alumnas, que no se pueden concentrar. Fando decide enviar a la delegada, para que vaya a la biblioteca, y Mildred ocupe su lugar. El se encargará de encontrar el origen del molesto ruido.


Fando, irritado, presencia la explosión de un kangurito


Afortunadamente, no tiene que buscar mucho. El destello de una explosión, le hace saber que está en buen camino; así que, grita, en voz alta:
—¡Mercurita! ¡Ven aquí, inmediatamente!
Cuando baja, Fando tiene tan mala cara, que piensa que la va a agredir. Por fortuna, no lo hace, pero le pide una explicación por su travesura. Ella se defiende, diciendo que no sabía nada del examen de las mayores; y que pensaba que al ser sábado por la tarde, no habría ningún problema en probar su interesante experimento.
Añade, que antes de lanzarlos, estuvo muy pendiente de que no pasara nadie. Pero sus argumentos no lo convencen.
—¡En ésta escuela no se tiran petardos, tanto si hay clases, como si no! Ahora, ven conmigo.
Ambos van al aula donde se están examinando las alumnas de séptimo curso. Al ver entrar a Mercurita, interrumpen el examen, y se echan a reír.
—¡Eh, una alumna nueva! Dice Toria, en tono burlón.
—¡Ja, ja, ja! Te pilló ¿Eh? Dijo una compañera.
—¡Silencio! Vosotras, a lo vuestro. Dice Fando.
Tras agradecer a Mildred su ayuda, esta regresa a la biblioteca, mirando con ternura a la pequeña hada. El profesor le da una hoja, llena de ejercicios.
—Aquí, tienes tu “examen”. No te irás de ésta clase, hasta que lo termines.
Para asombro de los presentes, Mercurita acaba en seguida, se levanta, entrega la hoja y abre la puerta para salir.
—¡Eh! ¡Vuelve aquí!
—Pero si ya he terminado. Míralos. Están bien ¿Verdad?
Fando le pide que se siente de nuevo y le entrega otro papel, también con ejercicios. Pero más difíciles de resolver que los anteriores.
—Creo que estos, son más adecuados para tu ingenio. Toma. Míralos, revísalos y caliéntate la cabeza. No me digas que no sabes hacerlos, hasta que sean las siete de la tarde.
—Eso, no me parece justo. Pensé, que cuando terminara el anterior, me podría marchar.
—Tú, lo que quieres, es irte a otro sitio, a seguir lanzando tus kanguritos. Así que, por el bien de todos, hoy no saldrás a la calle, y mañana, tampoco.
Fando cree que Mercurita tiene intención de lanzarle los petardos al recaudador pero se equivoca. De todos modos, si lo hiciera, todo quedaría en un susto ya que no hacen daño, excepto por el fuerte sonido y si le diera a alguien en la cara o en los ojos.
El lunes, la directora es informada de los sucesos del sábado y se plantea expulsarla. Pero Fando es mejor persona de lo que parece, e intercede por ella. Dice que aunque de vez en cuando comete travesuras, es una alumna muy inteligente y con un prometedor futuro como hada. También tiene un gran sentido del compañerismo y defiende a sus compañeras cuando están en aprietos. Además, propone que la nombren delegada de la clase, para que sea más responsable. A Fando no le gusta la actitud de la envidiosa “Senya Payko”, que con frecuencia está pendiente de los errores de los demás para chivarse. Prefiere una delegada servicial y autoritaria pero más discreta, como Titania. Cree que Mercurita lo haría bien. La directora medita la propuesta de Fando, durante unos segundos.
—Me fiaré de su consejo y no la expulsaré. Pero eso de nombrarla delegada…por favor, Fando, no me haga reír. Una delegada debe dar ejemplo. Su comportamiento travieso no es precisamente un modelo a seguir.
—Como usted diga, Casia. Pero creo que cuando a los alumnos conflictivos se les ofrece una responsabilidad de ese tipo, acaban portándose bien, y dando ejemplo.
—Sí, lo sé. Pero ella es distinta. Tiene un carácter demasiado rebelde, como para merecer ese cargo.
—Ella me preguntó, si podía seguir fabricando sus petarditos, para venderlos y usarlos durante las fiestas.
—Dígale que sí, pero solo, durante esos días y con prudencia, en la ciudad. En la escuela, no. De todas formas, no se olvide de informar del incidente a su tutora.


Fando convence a la directora para que no expulse a Mercurita


Pero “Vasilita”, el hada responsable de la clase de Mercurita, apenas hizo otra cosa que sonreír, maternalmente, cuando Fando le contó la travesura de su alumna. Casia le llamó la atención en cuanto lo supo.
—Desconozco si entendió bien a Fando, cuando este le contó la travesura que hizo Mercurita.
—Desde luego. Fabricó un petardo y lo hizo estallar ¡Qué cosas tiene esa niña!
La directora se puso algo seria al escuchar esa respuesta.
—Disculpe, no fue uno, sino varios petardos.
—¿Qué más da? Son cosas de niños. Siempre están inventado trastos para llamar la atención.
Esa respuesta desagradó, aún más, a la directora. A Casia siempre le llamó la atención que la profesora no solicitara nunca que las alumnas traviesas de su clase fueran castigadas los sábados. Era demasiado blanda.
—Vasilita, no comparto su opinión acerca de las travesuras infantiles. Vayamos a mi despacho, que tenemos que hablar sobre eso.
—Directora, si lo que pretende es que castigue a las alumnas traviesas, le digo, que se equivoca. Solo son niñas, y hay que dejarlas vivir y divertirse. De hecho, no apruebo que los alumnos castigados tengan que quedarse ayudando los sábados. Con una regañina, es suficiente.
Casia la directora, suspiró.
—Lamento mucho tener que oír eso. Va a tener que cambiar de actitud, Vasilita.

 Capítulo 11: Meditando en la Naturaleza



Mercurita medita en los bosques cercanos a la escuela


Falta poco más de un mes para que terminen el curso las hadas de tercero. Su tutora, el hada Vasilita, las ha llevado al campo para que mediten. No deja de sorprender a Mercurita, la modestia de su profesora. Esta ha soportado con gran entereza, y casi sin inmutarse, las numerosas quejas que le han dado de ella, y de otras alumnas. La propia directora, Casia, se sorprendió al saber que ésta aceptaba las malas noticias, así, sin más; sin castigar o reprochar con energía el mal comportamiento de las niñas traviesas.
Cuando recibía una mala noticia, simplemente se acercaba a la autora y con tono tranquilo le decía algo así como:
“Mercurita, me han dicho que el sábado, te pusiste a lanzar petardos. Espero que no lo vuelvas a hacer”.
Una vez dicho eso, daba la vuelta y seguía con lo suyo.
El siguiente curso no estará con ellas. Es demasiado buena persona. Tanto, que al ver que sus métodos no gustaban, prefirió irse; antes de que las quejas aumentaran o la echasen.
En el curso anterior la tuvieron también. Su diplomacia es válida para las pequeñas alumnas. Pero los niños crecen y espabilan. Por lo tanto, la dulce enseñanza de 2º curso, resulta obsoleta en el presente. La directora le recuerda amistosamente aquel dicho: “Renovarse o morir”. Vasilita es joven. No parece tener más de veinticinco años y no piensa renunciar a la vida.
Ahora, sentadas en la hierba, sus alumnas contemplan el paisaje y meditan en silencio. Los rumores vuelan como el viento. Todas saben ya que la paciente Vasilita las dejará, obligada por los hechos. Su sustituta tiene nombre. Es una tal “Jantia Berek” o algo así. Es nueva y nadie sabe cómo las tratará. Es su primer año como profesora. O eso se rumorea.
Para Mercurita y las que son tan traviesas como ella, la partida de su profesora, es nada menos que un desastre de primera magnitud. Temen que su sustituta no sea tan paciente.
Se pregunta cómo pueden ser ignoradas sus grandes facultades. Vasilita es una gran hada. Al parecer, ha conseguido viajar a extraños sitios. Uno de los cuales, se llama “Planeta Tierra”.
—Sí, mis queridas alumnas. Existen otros lugares, otros sitios, otros mundos. Pero no nos dejan acceder a ellos en total libertad. Temen, que si los visitáramos mucho tiempo, no querríamos vivir aquí. Decía la profesora, en voz baja, y con tono de intriga.
Mercurita escucha fascinada sus historias. Su tutora les enseña libros y juguetes de vivos colores que no se fabrican en Lamokia y tal vez, en ningún lugar de Tierra Yrena. Las niñas los tocan ilusionadas y le piden que se los regale. Pero por desgracia no puede. Está prohibido. Cosas de la reina Denka III de Lamokia que también es un hada…o eso se dice, ya que sus extrañas decisiones parecen contradecir por completo tal información.
También se rumorea que a alguna alumna se le fue de la lengua; tal vez fue la entrometida de Senya Payko, y Casia Danieli, la directora, acabó por enterarse de las historias prohibidas que contaba. Tal vez por eso, le pidió que cambiara de actitud o se fuera.
La ventaja es que en cuarto curso van a tener varios profesores. Y si esa Jantia es tan dura como dice Fando, no la verán todos los días. Pero él, no opina igual.
“Ella os enseñará lenguaje e historia de la magia. Creo que os dará clase, durante toda la semana. Unos días de una asignatura, y otros, de la otra. Tal vez os libréis de ella, una vez a la semana, pero no más. Solo tendréis dos profesores más; una profesora de magia y otra de dibujo”.
Mercurita observa con atención a sus pequeñas compañeras. Hay tres que no meditan en absoluto y están pintando en la arena. Pero la todavía tutora no se enfada por eso. La única vez que perdió los nervios, fue cuando una de las alumnas quiso quedarse con uno de los muñecos que enseñó a la clase. Vasilita se vio obligada a quitárselo de las manos, ya que la mal educada niña no se lo quería devolver y rompió a llorar.
La hadita se pregunta si sus compañeras tienen en cuenta a la profesora en sus meditaciones. Es tan buena, tan tranquila, que parece un bonito cuadro al que de ver todos los días, nadie mira, pero cuando desaparece, su dueño rompe a llorar desesperado.
Pasando a otra cosa, la hadita piensa en su futuro. Quiere hacer el bien a los demás pero sobre todo en la tierra que la vio nacer, “Neuria”.
Por culpa de los loitinos hay muchos pueblos abandonados. Si pudiera recuperar alguna de esas aldeas perdidas, meter en ella a los refugiados y hacer una ciudad nueva, le encantaría. Lo malo es que esos bárbaros lo destrozan todo. Ella está dispuesta a negociar con los jefes de esos salvajes para que los dejen en paz. No descarta usar la varita y soltarles alguna que otra descarga eléctrica, a los que osen atacarles. Defenderá su tierra con uñas y dientes. Que se olviden de ella en Lamokia cuando termine los estudios. Algunas compañeras le preguntan si no tiene curiosidad por conocer a su padre. Pero ella responde con enojo, que no tiene sentido. La relación entre él y su madre fue forzada, duró apenas unos meses, y luego se fue. Eso, según su opinión, no es un padre sino un mal hombre.
Ella se siente neuria pero no se ofende cuando le dicen que es una loitina. Su padre lo era, así que algo habrá conservado de él. Su inquieto carácter parece confirmar su origen. De su abuela guarda un mal recuerdo y le desea el peor de los castigos, pero se arrepiente de haberle lanzado esa brusca lluvia de monedas la última vez que la vio. Simplemente, perdió los nervios ¿Y su madre? Cuando enfermó, creyó que se moría. Pero cuando se curó, lo primero que hizo fue ir a casa de su abuela, arrodillarse y pedirle perdón por abandonarla. Son increíbles las tonterías que se hacen, cuando estás a punto de morir pero al final te salvas. Ella la perdonó, pero lo dijo despacio, con claridad y en singular: “¡Te perdono, mi querida Línan, te perdono. Puedes quedarte a vivir en mi casa!”. O dicho de otra manera: “Tu hija que se busque otro sitio o se vaya adonde sea ¡Ah, espera, que es un hada y al ser una niña prodigio, me la voy a quitar de encima, gratis! ¡Pues ya está todo dicho! ¡Yo no creo en las hadas pero si la reina de Lamokia, sí, peor para ella!”
La atontada de Línan es mandada a callar bruscamente por su madre cuando protesta. Tampoco se priva de gritarle o de humillarla, cada vez que puede. Es evidente que aunque la ha perdonado, no lo ha hecho con sinceridad.
Línan perdió a su padre en un accidentado viaje por mar, y a su hermano, en la guerra. Atrás quedó ese sentimiento de rebelión que la hizo abandonar a Amara. La nostalgia y las desgracias le pasaron factura.
En vez de rebelarse de nuevo y regresar a la casa de campo con ella, decide aceptar las duras condiciones de su humillante madre. Mercurita hace caso omiso a las cartas que recibe de ésta. Línan vuelve a la carga una y otra vez, repitiendo que vaya a verla, y que su abuela ha cambiado. También le da las gracias por el dinero, pese a la brusquedad con que lo entregó.
Pero ¿Por quién la ha tomado? Su abuela es una déspota señora que recuerda cada una de las disputas que alguna vez haya tenido, y si le fuera posible devolver el golpe, no se lo pensará dos veces. No tiene intención de volver a verlas, aunque sabe que se arrepentirá. De momento, su decisión es firme. Tal vez el año que viene, lo piense mejor. No deja de recordar la brusca reacción de su abuela cuando fue a verla por vacaciones. No la dejó permanecer más de tres días en su casa. Cuanto más lo piensa, más convencida está de que lo hizo al ver que era un hada. En otra ocasión la hubiera dejado estar más tiempo, dándole la espalda y diciendo “indirectas” para ofenderla. Pero ver a una aborrecida nieta haciendo uso de sus poderes mágicos para impresionar a su madre, tal vez fuera demasiado terrible para la antes incrédula, Amara. Un hada no deja de ser una molestia en casa de alguien tan rencorosa como su abuela.
En cuanto a las amigas, le duran poco. Parece que la respetan demasiado. No tienen inconveniente en jugar con ella en el patio junto a varias más. Pero eso de sentarse en un rincón y conversar de sus cosas no es algo que les guste. Tal vez por eso, se siente inclinada a buscar amistad entre las mayores. Estas le parecen más sinceras que las delicadas niñitas de su clase. La tapia que las separa no ha impedido que la salte tantas veces como ha querido. Fando no tiene inconveniente en dejarla pasar, siempre y cuando, lo haga por la puerta y venga con buenas intenciones. Mercurita prefiere subirse a la valla para acceder al otro patio. Eso hace aumentar su fama de traviesa.
El administrador parece consciente de la crisis amistosa que tiene la pequeña hada. Su única amiga es la lejana Florenia. Curiosamente, al principio de conocerla, era de lo más fría e indiferente a todo. No era enérgica, y nada parecía indicar que sintiera ningún tipo de amistad por ella. Pero eso cambió cuando la ayudó a superar la prueba del vaso. Desde ese día se llevan bien. No sería mala idea visitarla cuando le den las vacaciones de verano. Ese es uno de los planes más inmediatos de Mercurita.
Una voz interrumpe sus pensamientos. Es su tutora.
—Niñas, se acabó la meditación. Espero que después de haber meditado tengáis los corazones más tranquilos. Como sabéis, el curso que viene no estaré aquí. Ojalá tengáis el mismo grato recuerdo de mí, que el que yo guardo de vosotras.
Mercurita nota cierta tristeza en su voz, por mucho que Vasilita sonría para disimular sus sentimientos. En su interior, se siente un poco ofendida. Se dice a sí misma:
“¿Olvidarte a ti? ¿Cómo puedes pensar ni siquiera en ello? Vamos, Vasilita. Seguro que estás bromeando”.


                                                          Capítulo 12: Ribera Azul



Mercurita llega a Ribera Azul. Ya es de noche

El curso llegó a su fin. Tras las festividades vinieron las vacaciones. Mercurita no estaba dispuesta a quedarse todo el verano interna, y a finales de junio quiso visitar a su amiga Florenia a la escuela de Tarat. Decidió ir volando. Aún recordaba los consejos que ésta le dio.
“Vuela alto, Mercu. La resistencia del aire será menor e irás más deprisa. Si alguna vez tropiezas con un dragón, vuela alto también. Se cansará enseguida y se verá obligado a bajar. Pero presta atención; si quieres ganar altura deberás subir y bajar alternativamente. Si subes del tirón, perderás fuerza y descenderás con brusquedad”.
Esos truquitos no se lo habían enseñado en la escuela pero confiaba que se lo enseñarían alguna vez o la decepcionarían.
Al viajar así, debía llevar puesto el uniforme de hada, ya que estaba usando la magia. Una vez revisado su equipaje agitó la varita y activó el hechizo “Volar”.
Estaba emocionada, pese a no ser su primer viaje largo. Sentía una gran curiosidad por visitar otra escuela de hadas. Eso le servía de motivación. Cada cierto tiempo, bajaba a preguntar a los asombrados viandantes si faltaba mucho para llegar a Tarat. Tras darles las gracias, les obsequiaba con algo de dinero, volvía a ganar altura y continuaba su viaje.
Pero de tanto subir y bajar, además del peso de la mochila, empezó a cansarse. Como se estaba haciendo de noche aprovechó para aterrizar suavemente en una azotea y descansar.
Al parecer, se hallaba en Trandil, a mitad de trayecto. Delante de ella podía ver el largo “Río Negro”. Si seguía en línea recta hasta tenerlo a su espalda pronto llegaría hacia su lugar de destino.
Abrió su mochila, y tras desatarla, cogió uno de los bocadillos y la cantimplora con agua. Se sentó en la manta y se puso a observar el bello paisaje que tenía ante ella.
Sentía algo de nostalgia. Quería visitar su vieja casa y también la ciudad en la que estuvo viviendo con su madre. Pero ya habría tiempo para eso. Le propondría a Florenia que la acompañara. El sol se estaba ocultando. Sus brillantes rayos se reflejaban en el oscuro río. Entonces, se envolvió en la manta, y se puso a dormir a la intemperie. No había sitio cubierto cerca ni lo necesitaba. Era verano y la noche no era fría.
Un cercano campanario la despierta, bruscamente. Son las cuatro de la madrugada, y su inesperado y lúgubre tañido la hace sobresaltarse. A su alrededor dan vueltas unos murciélagos. Al parecer, se han asustado también. Eso inquieta a la hadita, que instintivamente, se lleva las manos al cuello. Pero por suerte, no nota nada extraño. Acaba de recordar que los murciélagos no chupan la sangre a las personas, sino los vampiros. Y esos animales no habitan la región.
El sonar de las campanas no le ha sentado bien. Ahora está rodeada de oscuridad y tiene algo de miedo. Hay una débil luna en cuarto creciente. Por eso, ve poco. Abajo, en las casas, todos parecen estar durmiendo. No hay luces en las ventanas. Una lejana antorcha le hace suponer que hay un soldado de guardia en el pueblo. Se queda un buen rato observando sus movimientos. Minutos después, una segunda antorcha se acerca. Es el relevo. El soldado anterior se aleja. El recién llegado se queda. Puede parecer una tontería, pero Mercurita no tenía nada mejor que hacer a esas horas. Sin embargo, algo ha conseguido. Le está entrando sueño otra vez. No se lo piensa más, se acurruca en el rincón y vuelve a dormirse.
Pero a las seis, las campanas empiezan a sonar de nuevo. Eso la inquieta. Intrigada, vuela hacia el cercano campanario. Cuando se acerca dejan de sonar. El hada entra a su interior. Pero la puerta de acceso a las escaleras está cerrada. Se pregunta si alguien le está gastando una broma de mal gusto. Al mirar a la campana descubre que en la ranura donde debería ir atada la cuerda para moverla desde abajo no hay nada. Mercurita se asusta. La mira con detalle y la balancea. Le cuesta mucho esfuerzo moverla. Se dice que es casi imposible que la mueva el viento. Entonces ¿Quién lo hizo?


¿Quién dobla las campanas?


Por más que mira y busca, no encuentra ninguna cuerda atada a ésta. El campanario tiene un aspecto siniestro. Entonces mira en un rincón y nota la presencia de algo o de alguien. Es como una especie de pequeña niebla casi invisible. Mercurita ha oído que lo que está viendo podría ser algún espíritu. Asustada, trata de engañarse a sí misma y dice en voz alta:
—¡Bah, yo no creo en los fantasmas!
Era un intento de establecer algún tipo de comunicación con el supuesto ser del Más Allá. Aquello que está viendo, tal vez sea una simple corriente de aire. De todas formas, decide cambiar de estrategia y ser más amable.
—Hola. Me llamo Mercurita y soy un hada. Fíjate, ambos somos seres mágicos. Colegas, diría yo.
Pero no obtiene ningún tipo de respuesta. Se le ocurre, que tal vez, enfadándose, consiga algo más concreto.
—¿Sabes? Eres un maleducado. Me despertaste dos veces. Estaba terriblemente agotada y necesitaba descansar. Dime ¿Por qué te pusiste a tocar la campana?
Nuevamente, silencio. Aunque finge estar muy enfadada, en realidad está muerta de miedo. Decide irse de allí. Ya es de día, pero la luz del sol es muy pobre. Recoge la manta y vuelve a atar la mochila.
Se traslada volando a una casa cercana desde la que se ve mejor el campanario. Lo malo, es que tiene el tejado roto, por lo que decide buscar otra con mejor aspecto. Pero no tiene suerte en su búsqueda. Cuanto más cerca están del campanario, más deteriorados se encuentran los edificios.
“Hay varias que están abandonadas. Si llego a saberlo, me habría metido en alguna de ellas, en vez de quedarme en la azotea. Pero lo malo es que tal vez haya ratas y me habrían dado alguna sorpresa”. Piensa Mercurita.
Hay varias cosas que la inquietan. Está saliendo el sol y no escucha a los ruidosos gallos cantar. Ahora que lo piensa, tampoco escuchó a los grillos ni a ningún animal nocturno. Tan solo vio volar a unos despistados murciélagos, que se fueron de allí, enseguida. Entonces, decide descender y explorar el pueblo en primera persona, en vez de hacerlo desde el aire.
El espectáculo es desagradable para sus ojos. Todas las casas que ve parecen deshabitadas o abandonadas. Ni siquiera se cruza con el típico gato molesto que gira las esquinas sin mirar. Tampoco escucha el ladrido de los cotillas perros, que en cuanto detectan la presencia de un extraño, se ponen a armar jaleo.
Es un pueblo abandonado. Pero entonces ¿Qué eran esas luces que vio? Se acerca al lugar donde creyó haberlas visto, pero no encuentra nada. Entonces, se encuentra a un extraño y silencioso monje, encapuchado, salir de una esquina con un cirio encendido en la mano. Tiene el rostro muy pálido. Se le acerca y le pregunta:
—Buenos días, señor ¿Sabe? Ya estaba empezando a creer que no había nadie. Dígame, por favor ¿Dónde puedo comprar un poco de pan?
Sin inmutarse, señala hacia un lugar, y continúa su silenciosa marcha, dejándola muy extrañada por lo sucedido.
“Qué hombre tan antipático”. Se dice a sí misma.
Entonces, ve a otro monje, cruzarse en su trayectoria, y seguir por su camino. Parece que eso fue lo que vio anoche. No eran soldados sino monjes. A continuación, levanta el vuelo y observa el lugar donde el callado personaje le señaló. Es la salida del pueblo. Diríase, que le está pidiendo que se vaya. La pequeña hada dirige la atención de nuevo hacia el siniestro campanario. Le parece haber visto la figura de un monje junto a la campana. Vuela hacia allí pero si su vista no la engaña, desaparece. De todas maneras, se acerca.


A Mercurita le parece haber visto a alguien dentro del campanario


No hay nadie. Al darse la vuelta, la campana se mueve sola y con violencia. Parece estar reprochándole que no se haya ido aún.
Mercurita vuela a toda prisa. Aún tiene tiempo de ver a varios monjes caminando alrededor de las esquinas de algunas casas. Todos llevan un cirio en la mano. Las campanas no cesan de tocar, hasta que sale del pueblo.
El sendero es un incómodo pedregal pero tras la experiencia, Mercurita prefiere caminar a volar. Quiere estar más atenta, para no meterse en otro pueblo parecido. Tras veinte minutos andando, ve a una mujer que lleva un cántaro en la mano.
—Buenos días, señora ¿Me puede decir donde hay una panadería? Y por curiosidad ¿Ese pueblo que hay atrás, es Trandil?
La buena mujer pone cara de espanto al escucharla.
—No, hija. Trandil es aquí. El que está más atrás, es un pueblo abandonado, llamado “Ribera Azul” en el que ocurrieron unos horribles sucesos. Vienes de allí ¿Verdad?
—Así es ¿Por qué lo dice?
—Cada vez que algún viajero despistado entra en ese lugar, suenan las campanas. Se dice que los espíritus de los monjes vagan por las calles del pueblo. La meditación y la soledad trastornaron a una parte de ellos, que tras dar muerte a sus compañeros, se adueñaron del pueblo. A sus habitantes los trataron de forma horrible, matando por envidia a los más ricos. Tres meses más tarde vinieron los soldados y pusieron orden. No hubo piedad para los asesinos, que fueron quemados en el mismo pueblo, pese a sus súplicas de perdón. Sus pobladores lo abandonaron. Habían soportado mucho horror y no querían seguir viviendo allí. Desde entonces, dicen que se ve por las noches, a los monjes dar vueltas por las casas de las personas que fueron asesinadas.
—Gracias, señora. Pero ¿Dónde puedo comprar pan?
La mujer se fue, asustada, como si Mercurita tuviera alguna extraña enfermedad. Afortunadamente, vio a unas niñas jugando. A ellas les preguntó por la panadería pero por prudencia no les contó que había pasado la noche en el maldito pueblo.
Compró un par de barras de pan, queso y dulces. Al pagar se sorprendió del poco dinero que le costó todo.
Al salir del establecimiento observó que los vecinos la miraban con curiosidad. Era un pueblo pequeño y los habitantes se conocían. O quizás, la mujer del cántaro les había dicho de donde venía. Entonces se acordó de que llevaba puesto el celeste uniforme de verano de la escuela excepto las decorativas alitas de libélula de la espalda que guardaba en la mochila para que no se deteriorasen.
No sabía cómo interpretar esas miradas. Le entraban ganas de decirle a la gente:
“Hola, soy un hada ¿Puedo hacer algo por vosotros?”
Pero teniendo en cuenta la proximidad de un pueblo que estaba encantado y la superstición de los habitantes del lugar; esa forma de presentarse, tal vez fuera una invitación a que la apedrearan. Prefirió no decir nada y los ignoró. De vez en cuando miraba hacia atrás, por si acaso.